La Comunicación entre Perros y Hombres

 
 
 

 
 
 

 

 

Por Sergio Grodsinsky
Argentina

 

¿Hay manera de entenderse con un perro? Para muchos que lo han intentado inclusive cinófilos de nombre, resulta inútil, la comprensión es puramente casual o intuitiva y azarosa, pero falta lenguaje. El presidente de la Asociación de Instructores Caninos -entidad única en Sudamérica y una de las pocas en el mundo- consiguió "algo" y aquí dice cómo.

Introducción

Un lugar común, cuando alguien elogia la inteligencia de un perro, es que "sólo le falta hablar". El cliché, poco inteligente, observa que "salvo el verbo... tiene todo lo demás". Y sobre este "demás", empero reside el lenguaje y la comunicación canina: La falta, la brutalidad tal vez sea nuestra.

El hombre mismo, al comunicarse, utiliza otros elementos - no verbales - que condicionan y dan pautas de significación fundamentales para entender el discurso. Las frases también se comprenden por las pausas intervocablos, por los silencios, por las acentuaciones. El tono, los gestos faciales o de las manos, la mirada, el mayor o menor diámetro de las pupilas, los movimientos del cuerpo (la postura, los ritmos encadenados, el caminar o el súbito estirarse), son tan o más expresivos que las palabras y, algunas veces, denuncian la mentira del veraz orador.

El hombre tiene tendencia a usar modos de relación cada vez más sutiles. En el vínculo social las manifestaciones de dominio no se rigen con un lenguaje claro y "de definición entera" (1). Quien domina legalmente utiliza sutilezas idiomáticas, ralentados, pausas y gestos propiciantes del rasgo jerárquico a conservar, "el mensaje consiste aquí en la recordación del 'imperio' y de la escala jerárquica del 'mensajero' del dominio" (2). El mostrarse corporalmente neutral y dar a conocer las argumentaciones con demasiada claridad implicaría una confesión de autoritarismo. Funciona entre hombres. Con el perro, este lenguaje de sutilezas, de códigos producto de convenciones y sobreentendidos, de "mensajes dentro del mensaje", conduce al total fracaso.

Entre los hombre, además de la eufemística, señas y estilos apoyan a la palabra y ésta a la intención. Con los perros ocurre al revés: el tono y la modalidad reafirman las señales; las manifestaciones morfológicas son el argumento a entender, y el vocablo y su decir sólo acentúan la expresión corporal donde el mensaje se imprime.

Para un perro, el acto - reforzado o no a través de la palabra- puede conducir a situaciones y resoluciones jerárquicas, al dominio, a la obediencia, al entendimiento. Son las señales no verbales emitidas por el hombre, por el amo o el instructor, lo que hace comprensible la comunicación o, a la inversa, lo que confunde e impide al perro responder correctamente a una orden. Las palabras, incluso, podrían añadir "malos entendidos".

Las voces humanas son - para el perro - sólo signos sonoros que, acaso, asocia con una situación o una conducta a adoptar. Es la correspondencia del mensaje audible y el no verbal, simultáneos, lo que asegura la eficacia de la información transmitida por el hombre.

La excelencia del mando

El impartir una orden empleando un tono y una postura corporal poco firme ante cualquier situación de conflicto con el perro, lo más probable es que consiga su desobediencia, y más aún, que el animal desafíe al hombre -gruñendo o mostrando los dientes- a fin de situarse en la jerarquía cuestionada. Clásico ejemplo ocurre al ordenársele que abandone el sillón favorito (tan favorito como lo es para su amo, no casualmente).

A menudo el desconocimiento lleva al amo a transmitir informaciones incoherentes o en la única forma en que no debía. El desgañitarse llamando a su perro, y sobre todo al que acostumbra a escapar, obtiene el efecto contrario: el huidizo se aleja cada vez más, y no habrá nombre ni apodo que sirva.

...Y, si el perro tarda en volver, en acudir al llamado, el amo se impacienta, se crispa y su rostro señala ya el castigo que espera al animal cuando regrese. Ahí está una de las razones -quizá la más importante en ese momento- para mantener la distancia, alejarse o esconderse. El perro ha entendido, sin embargo, ¡y cómo!; recibió las mínimas señales corpóreas, reforzadas por los decibeles y, al comprender la información -no hay dudas-, escapa lo más lejos posible. Lo correcto hubiera sido... convertirse en algo más atrayente que el entorno "tentador"; entorno lo suficiente interesante como para desobedecer y arriesgar un castigo. Sé de una persona que, cansada de llamar inútilmente y correr tras su "gracioso" siberian husky, se hizo la muerta; en el acto el perro se detuvo, intrigado, aproximándose y acabó la persecución infructuosa.

Sin llegar a invenciones tan humillantes y necrofilicas, aquella mujer estaba en lo correcto: logró comunicarse y obtuvo lo deseado.

Además de estos canales existen adaptaciones traductivas entre las especies, un idioma gestual ideado a partir de la convivencia. Verbigracia: en los perros que viven en muy estrecha comunidad con el hombre, se nota cómo presentan las almohadillas de sus patas para obtener comida o alimento. Equivalente en el hombre a estirar el brazo con la palma hacia arriba (humano gesto universal demandante). Igualmente, el hombre aprende que agachándose y golpeando con sus manos en ambas pantorrillas (como los canes descienden su tronco) es una invitación al juego; invitación irresistible en idioma perruno.

Y el juego, siempre, como la alegría, es una de las claves del mando.

Otras formas, las formas del decir

Los olores, aún entre nosotros, son comunicativos. Determinado olor nos alerta (sustancias corrosivas, podridas -de peligrosa ingestión-, el humo de un posible incendio, presencia de roedores o animales agresivos), y otros nos proporcionan placer, tal los perfumes, los "efluvios evanescentes" de unas parrillas, la tierra en verano luego de la lluvia.

A nivel olfativo sabemos que el hombre emite feromonas captables por los perros. Las sociedades caninas respetan y se rigen según esos olores: signos jerárquicos, de edad, de sexo, de predisposición amorosa, de temor, de valentía, de pugna. Habría que estudiar si las comunicaciones mediante feromonas y otros olores pueden permitir un entendimiento -susceptible de ser manejado- entre perros y hombres, como sucede en la jauría y constituye uno de los idiomas intercaninos.

Debería aprovecharse también que hombres y perros tienden, naturalmente, a modificar la organización de sus distintas posturas para, así, aproximarlas -en formas y funciones- a la especie con la cual conviven. Y aquí nos referimos a la posible comunicación electromagnética por verticalidad y horizontalidad de columnas vertebrales (tema que merece tratarse en artículo propio), pues resulta sugestiva la actitud del perro en uno de los momentos de mayor comunicación, el saludo al encontrarse con el amo, donde salta e intenta mantenerse vertical, a la manera humana, signo de afirmación del Yo según algunos ethólogos.

Una necesidad vital, propia de los animales sociales obligatorios, como son los caninos, consiste en intercambiar informaciones entre los perros, fundamentalmente a fin de mantener la seguridad y la cohesión de la jauría.

Resulta de Perogrullo el requerir de un emisor y un receptor en toda comunicación; y que, para captar correctamente el mensaje, ha de ser transmitido con vectores de expresión legibles por el destinatario (sus órganos sensoriales y una cultura decodificadora donde el significante sea intrínseco a la señal utilizada, pues no hay idioma sin convención e instrumentos de perspectiva).

A cada uno de los sentidos sensoriales corresponde un canal de comunicación e, incluso, según parece, una zona del cerebro, aunque no exclusiva y susceptible de trasladarse en caso de accidente o enfermedad irreversible (3), como si hubiera localizaciones de alternativa que pudiesen habilitarse para impedir el aislamiento social. Los perros, corrientemente, emplean tres canales: el visual, el auditivo y el olfativo. Y, a veces, asociados o reforzándose unos con otros, en pos de eficacia emisora y receptiva.

Empero, dichos canales poseen autonomía absoluta y propios signos y sistemas transmisores.

El conducto visual

Se trata de un canal sumamente complejo, por la diversidad de informaciones a transmitir y por su capacidad de modificarse y adaptarse a la comunicación con otras especies, incluido el hombre, tuviese o no conciencia del método y de los significados de los mensajes que le envían o él manda mediante gestos sutiles, posturas, actitud, mirada y tensiones morfológicas.

El perro, pues, registra mínimos movimientos faciales, apertura o cierre de la pupila del ojo, velocidad de desplazamiento, posiciones del cuerpo o de las manos, latidos y sus correspondencias pectorales respiratorias, vibración, etc. El ángulo de las orejas, erguidas o hacia atrás, bajas o hacia adelante o la retracción de labios, exponiendo u ocultando colmillos, o el abrir y cerrar alternativamente los orificios nasales, o si alza o esconde la cola, etc., son señas de conducta, de jerarquía, de desafío o subordinación, tan claras como entendibles y cuyo empleo, en las jaurías, ahorra sangre al ritualizar los enfrentamientos caninos, la manifestación evidente del status, las prebendas del líder, el sexo, la edad y, en suma, el destino del grupo y su interés y orden comunitario. Y no solamente cuando la provocación; también durante la lucha o para indicar las rendiciones y conseguir clemencia.

A casi todas las situaciones vitales y de comunicación entre los perros corresponde un ritual, una coreografía resumen de signos y posturas, que permite a los protagonistas interpretar las reacciones, la aptitud, el potencial (fuerza e inteligencia) y hasta salud, los pactos tribales y los "argumentos" del otro.

La audición

Los mensajes que pasan por este canal son emitidos vocalmente. La recepción depende del sistema auditivo, como es lógico, pero también de sensoriales próximas al tacto que en el perro se localizan en las almohadillas plantares, pecho, extremo superio-anterior de las escápulas y cruz (hombros y punto de unión entre el cuello y el tronco), vientre y aledaños, actúa como auxiliar del oído.

El sistema se asocia, además, con los rituales de postura; por ejemplo, en situaciones de amenaza o miedo, el gruñido consiguiente, que se agudiza -ante temores más graves o dolor- en gañitar de queja o, dulcificado, un gañido, para expresar lo agradable, la disposición al juego y, a veces, al saludo al de mayor jerarquía. Combinaciones de estos sonidos y esquemas corporales se dan en los mensajes internos -de orden y conductas- que ocurren en la jauría y, principalmente, durante la caza comunitaria (4). El ladrido, propio del alerta y el advertir territorio ocupado, varía en intensidad y duración según el significante; verbigracia, uno largo y de idénticos decibeles, anuncia "hombre desconocido, transitando y cerca" (50 a 75 metros), luego se convierte en gruñir y ladrar "bufado" si el hombre se detiene o aproxima "desafiante".

El olfato

Respecto a este canal, salvo admitirse unánimemente la gran importancia de la percepción olfativa en las comunicaciones de los caninos, se sabe muy poco.

Hay dos tipos de mensajes quimiotransmisores utilizados por el perro y que a veces se combinan: las sustancias de síntesis propia, y las tomadas del ambiente, incluyendo emisiones de fenómenos (fuego, agua, electricidad) y hedores de otros animales, plantas y componentes del aire, la topografía y hasta la presión biotópica.

Varias zonas del cuerpo del perro estarían implicadas en la síntesis de efluvios vaporoides que han de servir en la comunicación: piel, glándulas sebáceas, almohadillas plantares y, en especial, las glándulas adyacentes al ano; estas últimas, sistemáticamente husmeadas en los encuentros caninos, desempeñarían un papel clave en el reconocimiento individual, algo así como una cédula de identidad olfativa que contuviese el "nombre", pertenencia (de zona o manada), rango jerárquico y rol -actualizados-, sexo e incluso algunas enfermedades, virtudes y edad del "portador".

Ciertas infecciones, pues, consiguen modificar la composición química de los efluvios epianales y, confundiendo al husmeador, ser el desencadenante de sangrientas batallas entre perros que convivían armoniosamente (el olor fue el motivo, podría decirse).

De igual modo, la orina también informará -mediante las feromonas y el consiguiente perfume- datos sobre la especie, sexo, jerarquía y receptividad sexual del emisor. En realidad, los orines no son marcadores territoriales -como muchos han creído-, porque una señalización de orina nunca prohíbe el paso a otro, sino que demanda una respuesta. De ahí que "cuánto más lejos de su territorio habitual se encuentre un perro, cuanto mayor sea el número de sus congéneres enemigos potenciales -divisados y olfateados-, más retraído será su comportamiento en cuanto a dejar esa marca, menor la cantidad de orina y la intensidad de olores (5).

La mucosa de los genitales también emite efluvios feromónicos. Estos actúan de por sí o asociados a mensajes visuales; por ejemplo, al orinar, levantar la pata más alto posible en demostración de dominancia y jerarquía.

Del ambiente, el perro utiliza efluxiones o sustancias de olores "nítidos", tal el estiércol -de otra especie-, carroña, carbones y orina. Siempre busca impregnarse la base del cuello, por detrás de las orejas y el sector de la grupa: llamativamente, zonas husmeadas por sus congéneres en los encuentros (aparte del reconocimiento anal). Acaso, al revolcarse sobre excrementos o putrefacción, al aumentar su olor propio y natural, o al variarlo y reforzarle con otros olores, falsee la jerarquía, obtenga un perfume "líder" y se haga interesante...

Al parecer, además existiría una comunicación electromagnética, por posiciones alineadas de las columnas vertebrales, generando un circuito. La horizontalidad de las vértebras establecería el espíritu de grupo, la unión de vectores-transmisores, la gestalt y, modificaciones de esa línea, las verticales o rampantes de los cuerpos correspondientes a conductas individuales y personalidad, irrupciones de comunicación del circuito psíquico-social y eléctrico-emotivo (6).

Artículo publicado en PUNTO CRÍTICO, Nº 28, julio y agosto de 1994
Bibliografía
 
1) Michel Foucalt, Ensayos sobre las frases de dominio, 1971;
2) Marshall Mc Luhan, El lenguaje como mensaje, 1967.
3) Erbert Burke, 1979;
4) Vitus Dröscher, 1981;
5) Patrick Pageat, 1992;
6) Enrique César Lerena de la Serna, 1987, teoría en proceso de experimentación.
 
 
   
   
   
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